Este post va dedicado a Chispita.
Ya he dicho que odio las despedidas, que hago todo lo posible por minimizarlas, por casi casi ignorarlas y hacer como que no son despedidas. De hecho, las disfrazo de tal manera que por un momento me engaño a mi misma diciendo "nos vemos pronto" en lugar de "nos vemos en un año" o un simple "adiós". De hecho, estoy cayendo en la cuenta de que no me gusta decir adiós y mejor digo "ba-bay".
[Soy normal?]*
Como sea. Esto de las despedidas es harto doloroso. Sobretodo cuando sabemos que son definitivas. Como al despedirnos de una mala relación, o de una buena pero que ya nos ofrece lo que estamos buscando. O cuando literalmente, estamos hasta la madre pero tan acostumbrados que nos cuesta imaginarnos sin esa parte que nos hace la vida de cuadros, porque sería como imaginarnos sin un brazo o una pierna.
Es doloroso, sí, pero necesario y sano. Sabremos que dolerá un tiempo -y es ese pequeño tiempo al que todos alguna vez tememos- pero al final nos veremos aliviados. Nos sentiremos libres y ligeros también. Porque una despedida a veces implica el dejar ir, el deshacernos de algo o de alguien, el que alguien más nos deje ir también. Las despedidas son molestas y desagradables porque nos hacen darnos cuenta de que dejamos una parte de nosotros mismos en ellas. Y a nadie le gusta andar desperdigando pedacitos de alma cada vez que nos despedimos. Cierto?
Sin embargo, algo bueno que traen las despedidas son las reflexiones. El asimilar de una vez por todas que siempre habrá algo que mejorar. Algo que no queremos repetir y de lo que queremos aprender. Algo que enfrentamos con la despedida y que finalmente, nos ha dejado SER. Ser nosotros mismos de nuevo, o ser alguien completamente diferente -o al menos tener la intención de.
Y entonces vienen los propósitos. A veces no son más que buenas intenciones que duran menos que la cruda del día 1°. Pero a veces, si ponemos un poquito de esfuerzo, se vuelven hábitos. Buenos hábitos que nos permiten crecer y florecer [así o más poética] y lo que es aún más importante y maravilloso: ese estado de bienestar se contagia y sin proponérnoslo, cambia lo que tenemos alrededor. Y cambia porque nosotros cambiamos y porque nuestros ojos han querido ver las cosas diferentes.
Espero que Ángel Caído no vomite ante tanto optimismo mío. Les deseo un maravilloso 2010.


